sábado, 14 de julio de 2012

El empleo o el cambio social (III): El origen de la crisis

Siguiendo con la reflexión que, a partir de la discusión sobre mantener o no mantener la minería en sí, me lleva a describir por qué la mayoría de la gente aún no tiene claro qué clase de sociedad podríamos construir si no queremos un sistema corrupto como hasta ahora, voy a extenderme un poco sobre el origen político y social de la crisis, para luego explicar qué pasamos por alto los ciudadanos cuando estuvimos a tiempo, y si realmente podríamos haber hecho algo.


Como decía en la primera parte de este título, si bien las hipotecas subprime fueron el detonante de la crisis financiera, no son el origen de la crisis económica. Casi todos los expertos serios coinciden en que el caldo de cultivo de esos productos financieros fue una excesiva desregulación del capitalismo, es decir, una falta de reglas y límites. Poner reglas a la economía, como instrumento social que es, es una idea típicamente de izquierdas. No sólamente comunista o soviética, pero esa fue la excusa de los gobiernos para imponer el neoliberalismo: nos decían que la libertad pasaba por la libertad de mercado (lo cual es cierto hasta cierto punto), y nos asustaban con el coco de la Unión Soviética, como si fuera la única forma de expresar de forma profunda las ideas de izquierdas. Es un sofisma: "El comunismo defiende el control de la economía. La URSS fue una dictadura basada en el comunismo. Luego el control de la economía es una dictadura". 2+2=5. (Debate pendiente sobre si hay que considerar a la URSS un verdadero sistema de izquierdas u otra cosa).
Sin embargo, durante la gran crisis de los años 30, una de las herramientas utilizadas para paliarla fue la subvención estatal de la creación de empleo y empresas. También en las décadas posteriores a la 2ª Guerra Mundial uno de los motivos de la estabilidad del capitalismo fueron las ideas keynesianas, una visión del capitalismo que permite la intervención del estado en determinadas circunstancias. Muchos economistas señalan que actualmente se está haciendo "contra la crisis" justo lo contrario de lo que se debe hacer, y cometiendo errores que provocaron crisis anteriores.
La influencia de las ideas de desregulación que triunfan ahora han preparado el terreno a la crisis desde varios frentes.

Uno de ellos es el friedmanismo o "Escuela de Chicago". Aparecido alrededor de los años 60, defiende que el libre mercado total es lo ideal, porque el mercado se regula y equilibra solo. Al principio intentaron difundir sus ideas sin demasiado éxito en un ambiente keynesiano, hasta que finalmente decidieron buscar aliados para ponerlo en práctica desde arriba, es decir, sin esperar la aprobación de la sociedad. El primer experimento práctico del friedmanismo tuvo lugar en el ministerio de economía de la dictadura de Pinochet. Desde entonces, el mismo grupo de "creyentes" del libre mercado radical o sus relevos han estado detrás de políticas económicas similares en muchos países. Por mucho que ellos insisten en que fueron un éxito, los efectos sin embargo son devastadores: empobrecimiento de la población y los países, privatizaciones a bajo coste, y, eso sí, grandes sumas de dinero fluyendo a manos concretas en puntos estratégicos de las redes financieras. Además, sus medidas se han de aplicar en momentos de crisis social: ya sea bajo una dictadura, después de un conflicto armado o una catástrofe natural, es decir, en momentos en que el pueblo no puede reaccionar y participar organizadamente en discutir las políticas de su país. Vamos, una línea de pensamiento que es un encanto.

Naomi Klein cuenta en su libro La doctrina del shock cómo esta línea de pensamiento fascinó a unos cuantos dictadores (Pincohet, Suharto, Den Xiaoping) y algunas de las personas más influyentes y controvertidas de las élites políticas occidentales de las últimas décadas, como Margaret Tatcher, Ronald Reagan, Boris Yeltsin o George Bush.

Al mismo tiempo, tal como explica Susan George en El pensamiento secuestrado, los lobbys multinacionales decidieron a finales de los 70 luchar contra las corrientes de izquierdas que comenzaban a propagarse por todo EEUU, e invertir grandes sumas de dinero en implantar en la sociedad el credo del libre mercado, a través de la financiación de carreras universitarias a futuros políticos, el patrocinio de intelectuales y universidades, la adquisición de los medios de comunicación y la creación de diversos proyectos de difusión temática. De este modo, tanto la política de despacho como el discurso público, viraron a favor de una globalización neoliberal. Suena conspiranoico, pero Susan George es una investigadora seria que no escribe libros al tún tún, y cita las fuentes. Esto es uno de los orígenes de lo que llamamos pensamiento único.

Con esos proyectos de difusión del neoliberalismo tan bien situados y patrocinados, la creación de la UE fue poco a poco cambiando de carácter. Al principio su creación tenía entre sus objetivos evitar consecuencias sociales desastrosas de crisis como la de los años 30, previniendo de ese modo también situaciones de conflicto basadas en el nacionalismo o el fascismo, como fue la 2ª Guerra Mundial. Pero años más tarde, destacados ideólogos del neoliberalismo radical y sus discípulos cercanos fueron ocupando puestos como consejeros en países en algún tipo de crisis o transición, y también en instituciones como el FMI y el BCE. Poco a poco las políticas de estos órganos fueron volvíendose cada vez más duras con los países a los que se supone debían ayudar. Y muchas de las situaciones de pobreza, conflicto o corrupción más destacadas de las últimas décadas son debidas a ello.

Políticos de izquierdas se opusieron al tratado de Maastrich por considerarlo un plan que favorecía a los sectores financieros más que a la sociedad. Hace unos pocos años, el referéndum sobre el proyecto de Constitución Europea obtuvo un resultado en que la mayoría de los ciudadanos participantes dijeron no a un proyecto con las mismas características. En vista del fracaso de su idea, los líderes europeos decidieron crear el Tratado de Lisboa en su lugar: al no ser una Constitución, no necesitaba ser refrendada, y pudieron imponer las mismas normas que el pueblo había echado para atrás. Esto permitió confirmar la identidad de la UE como un proyecto neoliberal, con menor urgencia por los derechos sociales y mayor por la circulación de capitales.

Durante los años 90, los movimientos altermundialistas o antiglobalización surgieron como respuesta a la injusticia en que se habían convertido instituciones internacionales que habían sido creadas para ayudar a las naciones más necesitadas. Comenzó a denunciarse cómo el FMI y otras instituciones propiciaban que las multinacionales corrompieran países o se aprovechasen de su falta de regulaciones o derechos humanos. Las marcas de empresas internacionales deslocalizaban la producción, esto es: ponían sus puntos de producción en países en crisis, donde la mano de obra se ofrecía más barata y los derechos laborales no existían -y a menudo los derechos humanos, como los de expresión, reunión, sindicación o protesta tampoco-, o donde los requerimientos medioambientales eran escasos o nulos. En muchos casos, estas condiciones podían ser propiciadas por gobiernos corruptos o antidemocráticos que se aprovechan de la oportunidad de negocio en detrimiento de su pueblo y sus recursos naturales. De este modo podían producir mucho más barato y ganar dinero mucho más rápido que sus competidores. Poco a poco, casi todas las empresas importantes siguieron la misma pauta "para ser competitivos".

En Occidente el neoliberalismo había ganado terreno en todas las instituciones. Los políticos en la UE cada vez más se relacionaron con grandes empresas de modo similar a EEUU, y los favores con sello oficial empezaron a fluir en forma de políticas de libre mercado. La UE y los EEUU no hicieron lo que debían para que sus empresas que operaban en esos países se impusieran reglas más estrictas sobre aquellas cuestiones. Para defender los derechos sobre los que la UE se basaba, no tuvieron ni la deferencia de gravar impuestos más duros a los productos provinientes de países sin esos derechos. Entonces empezó a quedar claro que la UE no estaba dirigida por personas que querían extender la democracia todos los países, sino el libre mercado. La "competitividad" comenzó a ser una palabra que salía de los labios de los políticos como si fuese una virtud de necesidad imperiosa. Dentro de un mundo liberalizado por ellos mismos, ahora era impensable imponer controles sobre la producción. La producción industrial mundial aumentó a límites récord, agravando los problemas medioambientales, en muchos casos para productos que no son necesarios.
El FMI imponía rescates a países en crisis (a veces llevados a la crisis por los consejeros neoliberales) que no podían devolver. Les imponían tratos abusivos, como cuando EEUU impuso a Haití que no subvencionara su arroz y permitiera la entrada de arroz estadounidense subvencionado a precio más bajo. Se arruinó a los países más pobres en favor de los más ricos.




Sobre estas condiciones abusivas, en que las empresas del hemisferio norte siempre tenían ventaja y los países del sur aceptaban tratos que serían miserables para un país europeo, las actividades financieras se pusieron cómodas y los grandes inversores se hicieron inmensamente ricos en los intercambios de bolsa, tomando el control de la mayor parte de la riqueza financiera del resto del mundo. La estafa social ya había tenido lugar, y estaba legitimada por las reglas puestas por los políticos. Unas reglas livianas y permisivas y unos tributos absurdamente bajos. La sociedad había sido estafada pero aún no lo sabía.....

Continúa en la próxima entrada.

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